Y así es, como ya todos saben murió Néstor Kirchner, el buen Nestitor.
Soy sincero, no conozco su trayectoria política muy bien, por lo cual no hablaré de ella.
Sin embargo, a lo largo del día noté muchas cosas a raíz de su muerte.
Las personas caminaban por las avenidas principales, llorando (a moco tendido), ondeando con fuerza la bandera de su país, cantando, gritando cosas del estílo de "¡Gracias Néstor, por darnos una vida dígna!" mientras caminaban con zapatos rotos, pantalones destrozados y camisas sucias. Sin embargo sus palabras iban cargadas de júbilo, -de ese júbilo que se vé en mi país cuándo la Selección gana un partido importante- de fuerza, de ira -de esa ira que se vé en mi país cuándo la Selección pierde el partido siguiente-.
Sin embargo, yo caminaba, tranquilo, no molestaba a nadie, y nadie me molestaba a mí. Me detenía a leer los carteles que la gente ya había plasmado en las paredes de los bancos y Ministerios. "¡Néstor para siempre!", "¡Fuerza Cristina!" -Sobra decir que todo tipo de carteles, desde el más profesional, hasta cartel tipo "Soy desplazado, ayúdeme"-
Y bien, a eso no va el caso. Lo irónico, es lo siguiente: La gente, no hace más que quejarse. Sin embargo, basta que suceda algo por el estílo y salta el patriotísmo. Amigo, déjeme decirle que el colombiano, el argentino, y el español promedio compiten codo a codo en ese campo. Y antes de contradecirme, piénselo.
Sí bien cada uno lo es a su modo, todos van por el mismo camino. Por ejemplo, el argentino promedio se queja de la falta de trabajo, "No hay laburo", me dice. Sin embargo, no tiene problema en dormir todo el día. Del colombiano prefiero no hablar, siempre terminan tildándome de apátrido. Y no lo soy, amo a mi país, no soporto a gran parte de su gente, es diferente.
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